miércoles, 27 de junio de 2018



Por Carlos Pedraza


“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.” – Jeremías 1:5
“A ti fui entregado desde antes de nacer; Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios.” – Salmos 22:10

                Escribo estas palabras para plantear una perspectiva en todo el tema de la legalización del aborto. Y es la responsabilidad que tenemos como hombres, entendido esto como nacidos con cromosomas XY y que dan a nuestro cuerpo las características típicas de nuestro sexo.
No busco culpar al hombre de ‘masculinidad tóxica’, ni de cargar sobre nuestros hombros la culpa de lo que hicieron mal otros hombres antes de nosotros, sino hacernos conscientes de lo importante que resultan nuestros actos y palabras en la época que nos toca vivir.

Vivimos en un momento de la historia pleno de confusión y de cambios. Muchos fuimos criados para un mundo que ya no existe. Antes de culpar a la tecnología, a los cambios en la distribución del trabajo y las actividades socioeconómicas, e inclusive a la liberación sexual y a los anticonceptivos, se trata de entender nuestra parte de la responsabilidad en toda la dinámica.

El hombre no es el único que lleva esta carga, el hombre comparte la misma a partes iguales con la mujer en ser una luz guía y piedra angular que se alza sobre las mareas del tiempo y del cambio. No cometamos el error del feminismo radical y más contemporáneo de pensar que en todo es culpa de unos y que las víctimas son otras.
Se trata de ser precisamente el pilar de la familia y el ancla en una realidad dinámica que cambia exponencialmente rápido.

Nacimos hombres, elegidos desde el momento de la concepción así, e inclusive de antes. No se puede cambiar y huir de ello, porque el fenotipo va a expresarse siempre en la morfología física, los niveles hormonales y la capacidad de fecundar, que no así la de gestar.
Tratar de negar y cambiar esto con cirugías y bombardeo hormonal resulta en una mayor tasa de suicidios, depresión y problemas psiquiátricos. Las estadísticas están al acceso de todos en internet.
“Lo que natura no da, Salamanca no puede” dicen bien nuestros mayores, quienes pagaron su sabiduría con toda una vida de errores y aciertos.

Así como ha sido siempre un error pensar que el matrimonio convierte a la mujer de alguna forma en propiedad del hombre para hacer lo que él quiere con ella, por virtud de ser el proveedor económico. La ‘liberación sexual’ convierte al otro en un medio para llegar a la satisfacción sexual pensando que somos libres del riesgo de enfermedades de transmisión sexual y libres de la posibilidad de fecundar, gestar y de tener que asumir el nacimiento de un hijo.
Ser sexualmente maduros nunca significa ser lo suficientemente adulto para asumir las consecuencias de lo que pasa cuando se tiene sexo.

Finalmente, para agregar una capa más de dificultad hemos sido lanzados unos contra otros en la arena. El feminismo radical reacciona de manera errónea a una situación que nunca debió darse, pasan de ser propiedad de la cabeza de la familia a ser objetos de un uso, a ser finalmente enemiga encarnizada de todo lo que representa ser hombre, marido, padre.
La mujer ‘es ahora hueso de mi huesos y carne de mi carne’ (Gen 2:23). Somos compañeros, nunca enemigos. El sacramento del matrimonio existe para honrar y acompañar, para luchar juntos y criar hijos.

La especie humana sobrevive a través de sus hijos, y la reproducción sexual es la primera herramienta que permite que continúe la especie. Meterse con el mismo es tratar de alterar algo que funciona perfectamente y eso solo resulta en daño irreversible. En todo caso los métodos anticonceptivos están para cuidarnos unos a otros, usarlos con medida y no para usar en exceso y evadir consecuencias.
El hombre fecunda, y la mujer gesta, no se necesita cambiar algo que funciona a la perfección. El hombre tiene características que le permiten asumir mejor determinados roles y tareas, pero estas diferencias nunca significan que uno es menos que otro.

Hoy en día un hogar y la crianza de los hijos demanda que ambos trabajen, así como la distribución de las tareas dentro del espacio que habitan se hagan a partes iguales. La presencia de ambos progenitores es importante para el desarrollo mental y afectivo de los hijos. Ninguno de los dos padres debe dar menos tiempo a los hijos por necesidad de trabajar, por seguir una carrera. Cada ausencia deja consecuencias en la psique de los niños.
Adaptarse y ajustarse a los tiempos no significa que debamos dejar los valores y romper con el orden natural, significa seguir haciendo lo correcto.

Por eso cada relación sexual carga el peso de las consecuencias. Y cada hombre debe estar seguro, antes de seguir adelante, que va a estar presente y dar todo a su compañera, y a los hijos que resulten de la misma.
Ninguno tiene el derecho de hacerse a un lado y desentenderse de esta responsabilidad, porque quienes cargan con la consecuencia de esta decisión siempre son los hijos, quienes no son responsables de las elecciones de dos adultos y no eligen cuando ni como nacer. No les quitemos pues el derecho a vivir, a tener padres presentes y a tener una vida digna.

Escribo estas palabras con el peso en mi conciencia de no haber dado una familia constituida a mi hija y tener que separarme. Pero emulo a mi padre, y a muchos padres amorosos y responsables estando presente igual, asegurándome que mi hija y la madre no les falte nada, porque en el bienestar de cada uno de nosotros como progenitores está el bienestar de ella.

Miremos entonces a Dios Padre, a José padre de Jesús y a muchos hombres que se hicieron y se hacen cargo a pesar de las dificultades, a pesar de sus propias faltas y carencias como seres humanos; seamos como ellos porque de nosotros también depende que el aborto, legal o no, nunca sea una opción.-

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